San Pelayo, el joven mártir

Reportaje: J.M. Fotos: J.M. y monjas benedictinas del Monasterio de San Pelayo (Oviedo)

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La historia nos remonta a los tiempos de la reconquista. España aparece dividida en dos orillas por un río para nosotros muy familiar, el Duero. En este contexto nace nuestro personaje a principios del siglo X, posiblemente hacia el año 911, doscientos años después del comienzo de la invasión islámica en nuestra península. Pelayo nace en la localidad pontevedresa de Albeos, pasando su infancia junto al río Miño. Desde pequeño es instruido en la fe cristiana, y estudiará en el Santuario-Catedral de la localidad de Tuy, en parte por las influencias de su tío, el Obispo Hermogio.

Pelayo fue un niño al que no le permitieron ser adolescente, su vida se vio truncada por una decisión político religiosa que lo mandó a traición de las tranquilas tierras gallegas a las áridas tierras cordobesas. En julio del año 920 los musulmanes, encabezados por Abderramán III, tendrán como propósito conquistar el reino de Navarra. Sancho I de Pamplona y en su defensa el rey Ordoño II de León, se medirán al emir cordobés en un punto clave, la Batalla de Valdejunquera, también conocida por Batalla de Muez, a escasos 25 kilómetros de Pamplona. El enfrentamiento fue ganado por los musulmanes, quienes arrasaron las tierras del norte, degollaron a sus contrincantes y tomaron como botín a numerosas personalidades que serían sus prisioneros, entre ellos Dulcidio, Obispo de Salamanca y el Obispo Hermogio, quienes permanecerán en los calabozos cordobeses hasta su liberación. Es entonces cuando se plantea que el sobrino del Obispo de Tuy, Pelayo, de apenas diez años de edad y de gran belleza según se relata en el santoral, sea elegido como moneda de cambio para su liberación. La razón parece clara, si por algo se había caracterizado el emir Abderramán III era por su opulencia, por una corte llena de siervos en la que contaba con una larga serie de efebos, jóvenes adolescentes sometidos a su voluntad, y a sus apetencias carnales.

El viaje fue largo, con la excusa de que vería a su tío, que se encontraba en Córdoba. Pero fue una trampa para él, apenas si pudo cruzar unas palabras con su cautivo tio, quien se despidió de él comentándole que debía reunir dinero para pagar el rescate a los musulmanes. A continuación Pelayo fue recluido, durante más de cuatro años, tiempo en el cual apenas mostró resistencia y que despertó la atención del poderoso Abderramán III por su educación y por las discusiones que mantenía con los musulmanes defendiendo sus creencias cristianas. Fue sólo pasado ese tiempo cuando fue llamado a presencia del emir, ilusionado con la idea de poseer al jóven Pelayo.

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Los siervos le sacaron del calabozo y lo bañaron y perfumaron, lo vistieron con una túnica y un cinto, y tras ser peinado fue conducido a palacio. Según las narraciones, Abderramán III le hizo su ofrecimiento:

"Niño, grandes honores te aguardan; ya ves mi riqueza y mi poder: pues una gran parte de todo ello será para ti. Tendrás oro, plata, vestidos, alhajas, caballos; tendrás un magnifico palacio junto al real alcázar, y en él tedrás esclavos, esclavas y cuanto puedas apetecer. Pero es preciso que te hagas musulmán como yo, porque he oido que eres cristiano y que empiezas a discutir en defensa de tu religión."

A todo esto el jóven Pelayo le respondió: «Sí, ¡oh rey!, soy cristiano; lo he sido y lo seré. Todas tus riquezas no valen nada. No pienses que por cosas tan pasajeras voy a renegar de Cristo, que es mi Señor y tuyo, aunque no lo quieras.» Llevado de su instinto brutal, se adelantó hacia él y le tocó su túnica con las manos. Lleno de ira, el santo adolescente retrocedió, diciendo: «¡Atrás, perro! ¿Crees acaso que soy como esos jóvenes infames que te acompañan?» Fue entonces cuando Abderraman III le hizo añicos su túnica de seda. «Llevadle de aquí —dijo el príncipe a sus cortesanos—; educadle mejor si podéis; de lo contrario, sabéis el castigo que merece.»

 

Y el castigo que recibió el joven Pelayo es por todos de sobra conocido, si cabe aun más por los olivareños, que cada vez que tenemos delante de nuestros ojos el retablo plateresco de la iglesia de San Pelayo podemos ver la serie de tablas pintadas al óleo que el maestro Juan Soreda y su taller pintaron en el primer cuarto del siglo XVI. A ambos lados de la talla del santo, justo encima de las pinturas de la predela, se narra su historia en seis pinturas. Las del lado izquierdo alusivas a su cautiverio y encuentro con el emir cordobés. Las del lado derecho nos muestran su tortura, tal y como vemos en las siguientes imágenes del retablo de Olivares de Duero.

Una vez que Pelayo antepuso sus creencias religiosas a los pasajeros placeres ofrecidos por Abderramán, éste ordeno que despedazarán su cuerpo con tenazas de hierro y que posteriormente echaran sus restos descuartizados al río Guadalquivir. La historia de San Pelayo y de su martirio en parte nos es posible describir con cierta exactitud gracias a la labor de un monje llamado Raguel. Este vivió en tiempos del gran califa Abderramán III y es la fuente principal de las narraciones alusivas al joven Pelayo. Como decía, los restos del joven fueron tirados al Guadalquivir, de donde fueron rescatados por cristianos cordobeses que recompusieron su cuerpo y lo pusieron a salvo en sus templos. Concretamente la cabeza fue a parar a la iglesia de San Cipriano, mientras que el cuerpo fue a la iglesia de San Gil, ambas en el barrio cordobés de Tercios.

Los restos de San Pelayo pronto regresarían a tierras del norte, concretamente a León, en tiempos del rey Sancho I "El Grande". Según aparece en los documentos los restos pudieron llegar en el año 967, justo un año después de la muerte del rey, estando de regente su esposa Elvira y su hijo de cinco años, el futuro Ramiro III. La comunidad de monjas benedictinas de León mantendrán la custodia de los restos de San Pelayo por muy poco tiempo, apenas 30 años, y es que el nuevo califa del Al-Ándalus, Almanzor (o Al-Mansur), emprende una dura campaña de conquista y destrucción por estas tierras, viéndose las monjas obligadas a trasladar los restos del santo a tierras más seguras, concretamente a Oviedo, en el año 995.

En la actualidad las reliquias de San Pelayo se pueden contemplar en el Monasterio Benedictino de San Pelayo, en Oviedo, donde las monjas, denominadas cariñosamente como "las pelayas", custodian la arqueta con sus restos.

 

 

 

JUNIO 2011