El Descendimiento es una de las tablas del último cuerpo del retablo.
Desde el coro, donde se conservan escasos restos de celosias mudéjares, se contemplan las tres naves de la iglesia.
El retablo tiene una altura impresionante, algo que apreciamos más si nos ponemos justo debajo. En esta foto se ve a la derecha el guardapolvo, con pinturas en el frente y los lados, que sirve para cerrar lateralmente el retablo.

 

es

RETABLO DE

SAN PELAYO

 

Como ya dijo Juan Agapito y Revilla en su momento, de una buena iglesia a un magnífico retablo no hay más que un paso. En realidad hemos podido comprobar como la iglesia de San Pelayo es una construcción de singular importancia, con unas formas severas pero majestuosas, como pequeño anticipo del retablo mayor que custodian sus muros. Se trata de un imponente retablo, obra cumbre del Renacimiento español, formado por 51 pinturas sobre tabla que en un primer momento fueron atribuidas al Maestro de Olivares. Dicho autor extendería su trabajo por las zonas norte y centro de España, de forma que, según las investigaciones de Post, podemos encontrar su obra repartida entre Soria, Sigüenza y Atienza (Guadalajara). También se han encontrado pinturas atribuibles a este maestro en la iglesia de San Pedro, en Montealegre (Valladolid).

 

Las investigaciones de la historiadora Ana Ávila han sido cruciales para dictaminar la identificación de este maestro. Según las investigaciones que efectuó en los libros de cuentas de la catedral de Sigüenza, pudo comprobar que un pintor con el nombre de Juan Soreda fue llamado en 1526 para ejecutar el retablo de Santa Librada, que antes de esto venía siendo atribuido a un tal Juan de Pereda. Se da la circunstancia de que su estilo es muy semejante al del retablo de Olivares, de forma que se puede atribuir el mismo a su persona, a Juan Soreda.

 

Pero, ¿quién es realmente Juan Soreda? : Es un pintor que aparece documentado a partir de 1520 en la catedral de Sigüenza, realizando varios encargos para la misma. Es casi seguro que este pintor estuvo con anterioridad a esa fecha en Italia ya que, como se puede ver en sus obras, se encuentra influenciado muy claramente de los principales artistas del Cinquecento italiano, como son en pintura Leonardo da Vinci, Rafael y sobre todo Miguel Ángel.

 

Son pinturas en las que se aprecia como Juan Soreda hereda el estudio de los pigmentos pictóricos y la técnica del esfumato de Leonardo (técnica consistente en el difuminado de los contornos). Por otro lado, el estudio de la luz se asemeja bastante a Rafael, al igual que muchas de sus composiciones. No obstante, es la influencia de Miguel Ángel la más clara y evidente ya que el retablo de Olivares es un compendio de pinturas en las cuales se lleva a cabo una majestuosa exaltación del cuerpo humano, desnudo y musculoso, en formas retorcidas y llenas de tensión, como le gustaba a Miguel Ángel.

 

 

Según los estudios de Ana Ávila, además de la visión directa de la obra de estos artistas, y en cuanto a lo que se refiere a composición, es muy probable que Juan Soreda se viera influenciado por las estampas y grabados de Agostino Veneciano, Marco de Ravena y sobre todo de Marcantonio Raimondi. Dichas estampas circulaban por toda Europa y servían de guía a numerosos artistas. Algo que vendría a confirmar esta afirmación sería el hecho de que el cuadro con el tema de la Epifanía, situado en el lado derecho del segundo cuerpo del retablo de Olivares, se toma directamente de un grabado realizado por Alberto Durero (1471-1528), sin duda el gran maestro de los grabadores europeos.

 

Vistas todas estas influencias, no cabe duda de que Juan Soreda fue un pintor que conocía a la perfección la pintura italiana del primer tercio del siglo XVI. Una pintura que daría paso al manierismo italiano, un estilo que se recrea en la “maniera” de pintar de un artista como Miguel Ángel, considerado la cumbre del renacimiento.     

 

El movimiento poligonal del ábside mayor de la iglesia determina que el retablo se ciña a su forma. De esta manera nos encontramos con un retablo formado por tres planos, con tres calles en cada plano. Se asienta sobre un zócalo de madera, tallado con medallones con santas que son sostenidos por infantes agrutescados. Por encima se sitúa una predela, con espacios cuadrangulares en los que se empiezan a ubicar las pinturas.

 

 

Estas se reparten a lo largo de los tres cuerpos siguientes, incluyendo los dos extremos del retablo, que sobresalen a modo de contrafuertes. De esta manera, y si incluimos las dos pinturas que hay en el ático, suman un total de 51 óleos sobre tabla. El calvario está formado por tres grandes arcos que cubren cada uno de los planos, y están festoneados con labores de estilo renacentista de muy fina labra. Bajo los dos arcos extremos del ático se disponen pinturas, siendo el espacio central ocupado por las tallas características de los calvarios, con Cristo en la cruz, flanqueado de la Virgen y San Juan.

 

El plano central viene marcado por una predela en la que se sitúan un total de cuatro pinturas. No obstante, los tres cuerpos superiores se forman por dos pinturas y un espacio central dedicado a albergar la talla del santo titular, San Pelayo, y de la Ascensión de la Virgen. Estos dos nichos vienen a ocupar verticalmente los tres cuerpos, rompiendo así con el paralelismo creado por las pinturas. El retablo se completa lateralmente con unos guardapolvos adosados al muro que recorren toda la altura del retablo, y que están decorados con labores de colgantes de frutas y armas.

 

 

 

Nos encontramos por tanto ante un retablo fundamentalmente pictórico, si bien las tallas presentes son muy dignas. Es un retablo de tipo casillero, de estilo plateresco, perteneciente a finales del último tercio del siglo XVI. Este tipo casillero se presenta como una sucesión de pinturas dispuestas en distintos niveles de cuerpos y calles, y todas separadas por finas columnas. Son columnillas abalaustradas, una tipología muy usada en la tercera década del siglo XVI, lo cual nos serviría para fechar la realización de este retablo  en torno a 1526, cuando Diego de Sagredo publica su tratado “Medidas del Romano” (Toledo).

Estas columnas abalaustradas son utilizadas en el banco, calles extremas y en el último cuerpo. A pesar de ello, también encontramos columnas agrutescadas. Son unas columnas con finas labores a candelieri, que se disponen en el primer y segundo cuerpo. Sin duda destaca en ellas el que dispongan los capiteles de una manera transversal. De esta forma se consigue que hacia el espectador sobresalga una de las volutas, creando a la vez una sensación de mayor perspectiva arquitectónica.

 

Según los estudios del profesor Jesús Mª Parrado – quien consideró a este retablo  de Olivares como “uno de los más espectaculares existentes en la provincia de Valladolid” - esta disposición antes citada es algo muy peculiar y que denota un marcado estilo personal, ya que es muy poco utilizado en la realización de los retablos de esa época.

 

Por otro lado, cada uno de los frisos del retablo está compuesto por una sucesión de medallones, cabezas de ángeles y otros motivos, todos ellos de una labra menuda y esmerada. Todos son motivos del estilo plateresco, en el cual se da una gran concentración de todos estos elementos, de forma que se crea una especie de “horror vacui” donde todo lo llena. Se crean así superficies abigarradas, con una repetición constante  de una serie de motivos sacados de un mismo repertorio.

 

Es común que los retablos de tipo plateresco estén formados por estos elementos ya citados, además de poseer tallas de escaso relieve y numerosos encuadres para pinturas. Es el estilo plateresco un nuevo brote de la arquitectura del Quattrocento italiano, que se manifiesta en España durante el siglo XVI.

 

Los frisos que separan cada uno de los cuerpos están igualmente decorados con distintos motivos. En el caso de los frisos del primer y tercer cuerpo nos encontramos con una decoración de cabezas de serafines, como se puede apreciar en la fotografía. El friso del primer cuerpo se adapta en su parte central a la concavidad del nicho donde se dispone la imagen de San Pelayo, de tal forma que no se interrumpe la sucesión de cabezas de serafines, actuando como una línea de imposta sobre la cual se dispone la concha o venera que remata la hornacina.

 

El friso del segundo cuerpo no alberga sin embargo esta decoración, se asemeja más a las tallas vistas en el banco ya que nos encontramos con una sucesión de medallones con cabezas, guardados a los lados por grutescos. En el caso del banco eran medallones con bustos de santas mártires, con niños y grutescos a su alrededor. Este ímpetu decorativo que se manifiesta en el estilo plateresco está presente una vez más  en el remate superior que poseen todas las tablas pictóricas. Son tallas realizadas mediante chambranas en las cuales se mezclan labores finas de grutescos, roleos, delfines y fruteros.

 

 

Los bustos de niños vuelven a estar presentes una vez más en los laterales de la hornacina central, que contiene la imagen de San Pelayo. Aquí se disponen bustos de niños dentro de láureas, unidas entre sí por cintas. Por encima de la imagen del santo titular se dispone una segunda hornacina, esta vez con remate adintelado, donde se cobija la talla de la Asunción, rodeada por ángeles. La hornacina presenta lateralmente unas pilastras agrutescadas.

En lo que concierne a los arcos del ático, todos ellos se decoran con una moldura saliente, como si fuera un guardapolvo, con una sucesión de cabezas de serafines – muy presentes como vemos en todo el retablo -. Por encima se sitúa una esbelta crestería formada por una alternancia de cintas de laurel, eses y flameros.  

El sagrario se dispone en la predela, en el lado del Evangelio, permitiendo una fluida contemplación de la historia narrada en las pinturas del retablo. En suma, son muchos los repertorios decorativos empleados en su estructura arquitectónica. Elementos que se ven ennoblecidos por la policromía en dorado de la superficie, que contrasta con los colores vivos y fuertes empleados en las pinturas sobre tabla.