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OLIVARES A LO LARGO DE LA HISTORIA |
EDAD ANTIGUA
En las etapas de la Edad de los Metales ya se conocen los primeros restos.
Después del Calcolítico (3000-1700 a.C.), en la Edad de Bronce (1700-750 a.C.),
encontramos un yacimiento arqueológico en la zona. En el pago de Zurita, zona de
suelos calizos a orillas del Duero, se encontraron restos de un asentamiento
humano, con hallazgos de tejas, piedras calizas y cerámicas.
En dirección noroeste se encuentra otro asentamiento posterior, de la Edad
del Hierro (750-133 a.C.), muy próximo al anterior. De este yacimiento más
reciente fueron depositados, por parte de dos coleccionistas particulares, en el
Museo Arqueológico Provincial de Valladolid un conjunto de vasos cerámicos con
decoraciones a peine, y otros materiales arqueológicos, encontrados a raíz del
repoblamiento de pinos efectuado en la zona.
Son ejemplos de alfarería del pueblo Vacceo que se debió de instalar en esta
zona del término de Olivares, un asentamiento que parece no ser continuo durante
esta época, según lo estudiado por algunos arqueólogos.
La colonización romana llegará tras la guerra celtibérica, que se prolongó desde
el 154 hasta el 123 a.C. Según Palol y Wattenberg, los restos del cerro, a cuyos
pies se sitúan las casas del pueblo, corresponderían a una antigua villa romana.
Sin embargo, los estudios posteriores han confirmado que se trata de los restos
de una torre o pequeño castillo construido en la Edad Media.
Por tanto, no hay indicios arqueológicos que nos permitan afirmar que hubo
algún asentamiento romano en el término de Olivares de Duero. Lo mismo se puede
afirmar si nos referimos a asentamientos visigodos.
EDAD MEDIA
A partir del año
711 se va a producir la invasión musulmana de la Península Ibérica. Se
desconocen las vicisitudes por las que pasarían los habitantes de Olivares y su
comarca, si bien se puede afirmar que en esta época los territorios de la Meseta
Norte, situados en torno al valle del Duero, tenían una escasa densidad de
población. En el periodo
comprendido entre los años 866 y 910, el rey Alfonso III “El Magno”
conquistó la zona norte de la cuenca del Duero. Hacia el año 912 los condes
castellanos repoblaron Roa, Aza, San Esteban de Gormaz y Osma. Es muy probable que en torno a esas fechas se iniciara la repoblación
de Olivares.
El topónimo Olivares aparece citado por primera vez, y en
relación con esta villa, en un documento medieval del Monasterio de Retuerta,
cercano a Sardón de Duero, fechado en el año de 1145. Se trata de una carta en
la cual el Conde Ermongoz Ermongodez de Urgel dona a dicho monasterio su heredad
de Zorita, a orillas del Duero. Delimitando dicha heredad se cita a Olivares
entre otros.
Parece ser que la acepción del topónimo Olivares se adoptó por los campos
de olivos que existirían en el término de la villa, a pesar de que no son unos
árboles que se adapten bien al duro clima de la Meseta Norte, lo que obligaría a
su renovación periódica. En esta misma dirección se manifiesta Adeline Rucquoi, quien
disertando sobre el origen del nombre de Valladolid dice: “Esta etimología se fundamenta en forma indiscutible con el hecho
que durante mucho tiempo el olivo se cultivó en el valle del Duero, como lo
atestigua todavía el topónimo Olivares, cerca de Valladolid.

Una documentación importante para la villa es el Becerro
de las Behetrías mandado hacer por Pedro I de Castilla hacia el año 1352.
Según este documento Olivares de Duero era un lugar de la Merindad del
Infantazgo de Valladolid, y pertenecía al Abad de Valladolid, personaje que,
como podeis ver en la seccion que habla del retablo de San Pelayo, será muy importante para el arte desplegado en la
villa. El Becerro de las Behetrías nos dice entre otras cosas: “ Olivares. En el obispado de Palencia. Este logar es abadengo del abat de
Valladolit.” Este Señorío de la Abadía de Valladolid sobre
Olivares perdurará hasta finales del siglo XVI, como ya veremos más adelante, no
habiendo sido determinada la fecha en que dicho señorío fue donado al Abad de
Valladolid. En
relación con esto último se conserva un documento de la iglesia colegial de
Santa María La Mayor de en torno a 1230, donde el Señor Lope López y su esposa
Doña Milla realizan una donación de los bienes que ellos poseían en Olivares y
Villanueva – una aldea del término de Olivares, situada entre este y Valbuena de
Duero- a la iglesia de Santa María La Mayor, de Valladolid, pasando después los
bienes al abad. En
dicho documento se redacta:
“ Falta en nuestro archivo esta donación, y es lástima grande,
pues nos priva de saber que y cuándo donaron a la Colegiata, duda que respecto
de Olivares es de mucho interés, por cuanto que en el Becerro de las Behetrías
leemos: este logar es abbadengo del abbat de Valladolit..., más que lamentar es
que tampoco se encuentre en el archivo el título primitivo del Señorío del Abad
sobre Olivares de Duero.”
Siguiendo con la historia de esta villa, más importante es
un documento existente en el archivo catedralicio de Valladolid por el cual
puede deducirse que Olivares, junto a otros pueblos pertenecientes al Abad de
Valladolid, se despobló. En dicho documento se ve la necesidad de repoblar la
zona cuanto antes. Es una carta de sancho IV, sellada en Alcántara el 28 de
diciembre de 1285, donde éste exime de pechos – tributo que se pagaba al rey o
señor territorial por razón de los bienes o haciendas – a cuantos vinieran a
poblar estas villas del Abad, entre ellas Olivares. En el mismo texto se explican
las causas del despoblamiento: “...Et quando los Ricos Omnes se ffveron para Granada tomaron
quanto ffallaron en Olivares, et en Castiel Bastido, et en la toviella; et por
la ffonss andara que el Rey mio padre les fiso pechar, non saliendo dar en
ningún tiempo ffonssadera, estos logares sobredichos fincaron despoblados...”
Con el paso del tiempo se iría repoblando la villa, sin
duda la más importante de las que poseía el Abad de Valladolid, Don Martín Gómez
García de Toledo, en época de Sancho IV.
Durante el siglo XV lo más destacable para la historia local de esta villa
está reflejado con posterioridad en la Crónica del Rey Juan II, en el año 1431.
Aquí aparece reflejado por primera vez el Castillo de Olivares, situado en lo
alto del cerro denominado “El Palacio”, a cuyos pies se extienden las
casas del pueblo.

Con el siglo XV podríamos dar por terminada la época
medieval de la villa. Va a ser sin duda un siglo destacable ya que a lo largo
del mismo se va a ir construyendo la actual iglesia de San Pelayo, sustituyendo
a una anterior que ya no era lo suficientemente importante para la villa. El
siglo XV será por lo tanto importante por que va a ser el periodo en el que se
asentarán las bases para el posterior apogeo del pueblo en el siglo XVI. La villa va tomando protagonismo en la comarca también por su gran
actividad agrícola y comercial. Parece ser que la actividad agrícola dominante era el cultivo de
la vid, de tal modo que el vino de Olivares era el más cotizado de su entorno,
según manifiestan en varios escritos los monjes cistercienses del Monasterio de
Valbuena, los que mejor conocían el vino y su cultivo en toda la comarca.
EDAD MODERNA
El comienzo de la edad moderna en
Olivares lo marca el siglo XVI, sin duda su centuria de oro. Durante el primer
tercio de dicho siglo se pudo llevar a cabo la construcción del puente sobre el
río Duero, que une, todavía en la actualidad, Olivares con la vecina
Quintanilla. Si quieres saber todo acerca de la construcción de este puente
puedes consultar el libro que ha publicado recientemente Jesús María Pelayo
Fernández, historiador de Olivares de Duero, titulado "El Puente de Olivares
y Quintanilla. Un Puente Renacentista sobre el río Duero"(Valladolid, 2003).

Pero esto queda eclipsado por la realización, también en este
primer tercio de siglo, del retablo para el altar mayor de la iglesia de San
Pelayo, terminada de edificar no hacía muchos años. Como ya veremos más
adelante, está compuesto principalmente por 51 pinturas sobre tabla que narran
momentos de la vida de Cristo, además de la vida del santo titular de la
iglesia, San Pelayo. Son pinturas atribuibles a Juan Soreda, según la
información arrojada por la última restauración.
Un acontecimiento importante para la villa de Olivares de
Duero, por la relevancia histórica de los personajes que lo protagonizaron, fue
la visita de Felipe II, todavía como príncipe, el 13 de septiembre de 1548. El
motivo fue el siguiente: el Príncipe Maximiliano de Austria venía a Valladolid
para casarse con su prima la Infanta Doña María, hermana mayor de Felipe II, y
le acompañaba también Don Christóforo Madrucho, Cardenal y Obispo de Trento –
que después oficiaría dicho enlace en Valladolid -. Don Pedro Fernández de
Velasco, Condestable de Castilla, fue el encargado del recibimiento según lo
ordenó el príncipe Felipe, saliendo a su encuentro acompañado de grandes
señores. Ya de camino hacia Valladolid el príncipe Maximiliano enfermó, de tal
manera que el Condestable decidió que descansara en La Quemada, en el término de
Olivares. El príncipe Felipe, enterado de esto, salió preocupado hacia Olivares
acompañado de personajes tan ilustres como el Duque de Alba y el Duque de Lesa,
entre otros.
(texto fruto de la investigación de Jesus María Pelayo).

Finca de "La Quemada"
Como vemos, el alojamiento de Maximiliano no fue en pleno
pueblo sino a las afueras del pueblo. Seguramente que el Abad de Valladolid
había pensado en la residencia-fortaleza que él tenía en la villa como mejor
alojamiento, pero debía de encontrarse en obras en ese momento. La Quemada es
actualmente una finca privada que pertenece al término de Olivares, y se sabe
que en su tiempo Felipe II pudo alojarse aquí para practicar la caza, una de sus
mayores aficiones.
El texto continua :
“...sabido por el condestable que benia ya cerca Maximiliano, salió de
Valladolid, Domingo a nuebe de setiembre de mil y quinientos y quarenta y ocho
años y antes quel saliese, salió su fardaxe y de los que con él yban, en que
serian mas de trescientas azemilas, de las quales eran suyas mas de las
doscientas,...”
“...Y a esta causa salió algo tarde el condestable de Valladolid por la
Costanilla y plaza y a salir a la Puesta del Campo, y delante del yban muchos
atabales y trompetas y menestriles altos suyos, bestidos de colorado, y a la
guarda de a caballo del Emperador que eran hasta cincuenta de a caballo con su
capitán, yban detrás del condestable con el qual yban asy mesmo el licenciado
Minchaca, alcalde de Corte, con sus alguaciles; y tambien salieron con él hasta
la Puerta del Campo: el duque de Nájera, Don Manrique de Lara; y el duque de
Alburqueque, Don Beltrán de la Cueba; y el marques de Astorga, Don Peralbarez
Osorio y estos dos llevaban en medio al condestable, con el qual salieron otros
muchos señores y caballeros...”
La importancia de tal recibimiento queda de manifiesto al
leer la lista de personajes que salieron al encuentro. El documento sigue
citando a muchos más individuos, como por ejemplo: Don Luis de Benavides, señor
de Fromesta y Mariscal de Castilla; Don Gaspar de la Zerda; Don Diego de
Castilla, hijo mayor de Don Sancho de Castilla, etc.
“...Abrá entre unos y otros más de quinientos de a caballo de los que yban con
el condestable, el qual, a la salida de Valladolid, salió en un caballo a la
gineta con un jaez de oro, y por que abia poco que era muerta la abadesa de las
Huelgas de Burgos, Doña María de Aragón, hija del Rey Católico, tía de la
duquesa de Frías, doña Julia Ángela de Velasco y de Aragón, mujer del
condestable, no sacó bestido de brocado ni de seda de color el dia que salió de
Valladolid, ni bordado, sino un sayo de raso negro llano y un capote de
terciopelo negro forrado,...”
“...Con toda esta compañía y con otra mucha salió el condestable de Valladolid.
Domingo después de comer a nuebe de setiembre año de mil y quinientos y quarenta
y ocho años, y despedido de los señores que habían salido con él fuese a dormir
a Tudela de Duero; y otro día fue a olibares y martes a honze de setiembre supo
que ya tenía cerca el príncipe Maximiliano,...”
“...Y ya que Maximiliano llegava cerca del condestable llegaron
dos caballeros de su cámara que eran Don Fernando de Gamboa y Don Pedro
Sarmiento a hablar al condestable que le dixeron que Maximiliano estava a que
llegase, y el condestable les dixo que le fuesen a decir que suplicaba que fuere
a la casa, porque biniendo malo como venía ricibiría pesadumbre con el polbo que
le daía, y que luego tras él (Maximiliano) yría él y los que con él yban a
besalle las manos. El príncipe Maximiliano lo hizo asy, y en apeándose llegó el
condestable al cual salió a recibir el Cardenal de Trento, que benía con
Maximiliano, a la puerta del corral de la casa, donde el condestable se apeó y
hizole toda la cortesía que se debía hacer al Cardenal y tan principal persona,
echándole a la mano derecha y así subieron adonde estava Maximiliano, y unque el
condestable no se yncó de rodillas bazose mucho a pedille la mano tres bezes o
más y no se la dio Maximiliano ni a los señores a los quales todos habló con
mucho amor; y pasado esto el condestable le dexo que reposase, y fuese a una
tienda grande de campo en la qual y en todas las otras y en todo el campo abía
tanta gente que parecía un Real. Y a dos
oras de la noche bino el Príncipe Don Felipe por la pista a ver a su cuñado...”
También el príncipe Felipe vino
acompañado de su séquito, entre los que se encontraban ilustres personajes como
el Duque de Alba, Don Fernando Álbarez de Toledo y otros muchos: “...El condestable salió a recibir al
príncipe y a llaballe a Maximiliano, los quales se recibieron con mucho amor,
quitados los bonetes y abrazándose y llamándose entre ambos vuestra alteza y
rogándose a las puertas...”
“...El príncipe Don Felipe cenó también por si en la casa y después del el Duque
de Alba que cuando el príncipe Don Felipe llegó ya había cenado el príncipe
Maximiliano; y en acabando de cenar, el príncipe Don Felipe se tornó aquella
noche a Valladolid con algunos de los que abían ydo con él. Otro día, miércoles,
partieron de mañana el príncipe Maximiliano de la casa donde estaba, y el
condestable, de Olibares, asonde se había benido la noche antes después de zenar,
y vinieron a comer a Tudela de Duero...”
“...En
todos estos días de que el con destable salió de Valladolid hasta que tornó que
fueron cinco días...”
Si nos atenemos al
texto, podemos comprender que Olivares no era un pueblo marginal de la provincia
de Valladolid. Como ya hemos visto, la presencia del Abad de Valladolid resultó
fundamental para la villa.
Siguiendo con la
historia de Olivares, veamos como era la villa durante la época de Felipe II: El pueblo seguía su
proseguir en el tiempo, con una población que superaba los mil habitantes en la
década en la que nació el príncipe Felipe- Valladolid, 21 de mayo de 1527-,
contando el pueblo con tres iglesias: la actual iglesia de San Pelayo, y las
desaparecidas de Santa Juliana y Santa María, de menor entidad. La villa tenía
dos hospitales, pertenecientes a las cofradías de San Pelayo y de la Trinidad,
aunque se unieron en el año 1583, quedando solamente una casa hospital.
Se tiene constancia que fuera del recinto amurallado se
levantaron también cinco ermitas, que unidas a las dos anteriormente citadas,
hacen un total de siete pequeños templos en el pueblo, además de la iglesia
principal, la de San Pelayo. Podemos hacernos por tanto una idea de lo que debía
ser el pueblo en aquellos momentos, y pensar que el legado artístico que nos ha
llegado hasta nuestros días - sobre todo en lo que se refiere al retablo mayor
de San Pelayo - es fruto de unas circunstancias socioeconómicas favorables para
la zona. Hoy por hoy nadie pensaría que un pueblo como Olivares pudiera haber
tenido antiguamente siete ermitas, pero es el conjunto de su iglesia-retablo el
que nos hace reflexionar que en su día Olivares debió de tener cierto
protagonismo y de ahí sus manifestaciones artísticas de calidad.
Pero
continuemos con la historia local en tiempos de Felipe II:
En el año 1556 se redactaron las primeras ordenanzas que conocemos para la
villa, justamente en el año en el que Felipe II es coronado rey de España por
abdicación de su padre, Carlos I de España y V de Alemania. Las ordenanzas, que
intentaron salvaguardar la riqueza de Olivares, fueron redactadas por el Concejo
de la villa el 30 de marzo de dicho año, siendo aprobadas por Felipe II el 16 de
mayo de 1556.
Durante el reinado de Felipe II Olivares mantendría una población de poco más de
trescientos vecinos. Cada vecino vendría a ser una familia con lo cual, si
pensamos que en una familia de esa época podía haber aproximadamente cuatro
miembros, el resultado final es el de unos 1200 ó 1300 habitantes. En el transcurso de este periodo la actividad principal de la
villa era la agricultura, destacando el cultivo del viñedo. También se cultivaba
el trigo y la cebada, y parece confirmada la existencia de una buena industria
textil, concentrada entre los términos de Olivares, Valbuena y Villabañez. Estos
tres pueblos contaban con 17 tejedores y 13 cardadores, de los cuales 12 y 7
respectivamente eran de Olivares.
En la década de los setenta de este siglo XVI se produjeron
dos acontecimientos importantes para el futuro desarrollo del pueblo: El primero
de ellos aconteció en el año 1570, con el reparto de los moriscos que hizo
Felipe II, que afectó a numerosos pueblos de la provincia de Valladolid y a
otras localidades de Castilla. Felipe II ordenó que todos los moriscos
granadinos fueran distribuidos por el norte de la Península, desde Toledo a
Castilla. Para ello se realizó un estudio minucioso de los pueblos y sus
vecindarios, para dictaminar el número de moriscos que se repartirían por cada
uno de ellos, en función de la condición de los mismos. Esto provocó que en
Valbuena de Duero fueran acogidos tres moriscos, once en Villabañez y ninguno en
Quintanilla.
Los moriscos llegaron a la provincia de Valladolid en tres bandas, siendo
la primera de 500, enviados por Don Alonso de Sandoval, tras el previo mandato
del rey Felipe II. De estos 500 moriscos, fueron unos 150 los que permanecieron
en Valladolid capital, repartiéndose por el resto de la provincia los 350
restantes, en un total de 25 pueblos. En
el caso de Olivares el texto de dicho reparto cita: “...a la villa de Olivares ques
dela Abadía, repartí treinta moriscos de los quales son muertos siete, e los
veinte e tres rrestantes están en quatro cassas enfermos losmas, de forma que se
mantienen de limosnas e pueden trabajar poco...”
Como
vemos fueron muchos los moriscos acogidos por Olivares, lo que nos induce a
pensar que era una villa de relevancia en ese momento. De hecho, Olivares sólo
es superado en este reparto por Tudela de Duero y Simancas, con 38 acogidos en
cada uno.
El otro acontecimiento importante de esta década, aunque
esta vez va a tener sin duda un marcado carácter negativo para el futuro
desarrollo de Olivares, va a ser la Cédula Real dada en Madrid a 5 de febrero de
1575. Fue un “breve” concedido por su Santidad el Papa Gregorio XIII
a Felipe II, a través del cual la villa de Olivares es desmembrada de la Abadía
de Valladolid, pasando a formar parte de su corona. Este acontecimiento va a ser
el inicio de la decadencia de la villa, que redujo su población en más de la
mitad en los siguientes 50 ó 60 años.
El inicio de la decadencia se vio reforzado en
ese mismo año de 1575 cuando el Concejo de Olivares compra la Jurisdicción de
dicha villa al rey por 18.000 ducados, teniendo que hipotecar muchos de los
bienes particulares del pueblo, a través de censos – los préstamos de la época
-.
Esta serie de acontecimientos sucedidos en Olivares en el último tercio del
siglo XVI fueron los responsables de una decadencia que sería palpable a lo
largo del siglo XVII. Además, toda Castilla sufrirá en este periodo un acusado
descenso de población.
Durante el siglo XVII lo más destacable fue la
venta de “La Quemada” – aquel caserío en el que se hospedó Don Maximiliano de
Austria – al rey Don Felipe III, por parte de Don Bernardino de Velasco, Conde
de Salazar.Esta venta pudo deberse en parte al buen consejo del valido del rey,
el Duque de Lerma, a sabiendas que en los montes de dicha residencia privada se
podía practicar la caza menor y mayor. La Quemada, una vez que la corte se
trasladara de nuevo a Madrid en 1606 y se despreocupara de dicha posesión, pasó
a manos de Don Ventura de Onís, señor de Olivares de Duero, quien la compró el 3
de noviembre de 1647 por 4.800 ducados.
Durante el resto del siglo XVII y XVIII Olivares mantuvo una población cercana a
los setenta vecinos, con una cierta tendencia decreciente en cuanto a número de
habitantes.
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