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EL NIÑO SANTO

DE OLIVARES DE DUERO

Artículo: Jesús María Pelayo

 

 

 

 

 

Vamos a contar una historia real con tintes de leyenda que ocurrió en Olivares de Duero (Valladolid) a principios del siglo XX. Los protagonistas de los hechos han fallecido todos y los ancianos que hemos entrevistado, durante estos últimos años, vivieron el suceso a una edad muy temprana (entre 5 y 8 años de edad); también, hemos contado con el testimonio de otras personas que conocen dicho acontecimiento por transmisión oral de sus padres e, incluso, de los mismos protagonistas. Pero, comencemos nuestro relato.

Hacia 1917 se presentó en Olivares una señora con su hijo, llamado Felipe, y se instalaron en una vivienda situada en la calle de La Fuente. Pronto se corrió la voz en el pueblo de que el dicho Felipe tenía poderes especiales y que era capaz de curar enfermedades. Según Luis Sanz “era un médico especial que iba por los pueblos”. ¡Y, tan especial! Pues, según nos contaba María Pelayo y otros vecinos utilizaba un truco que hoy día, aún, resulta muy eficaz entre curanderos y adivinos. Los enfermos acudían a su casa y esperaban en una habitación a modo de sala de espera; entre tanto –como suele ocurrir- se contaban entre ellos sus desgracias, momento éste que aprovechaba la madre de Felipe, la cual, escondida tras una cortina, se enteraba de las dolencias de todos ellos y, a continuación, se lo comunicaba todo a su hijo. Pueden ustedes imaginar el resultado. Cuando pasaba el enfermo a la consulta, Felipe le auscultaba y, sin mediar palabra y como por arte de magia, le adivinaba su enfermedad. El paciente quedaba tan sorprendido que seguía al pie de la letra las indicaciones del medicastro y salía alabándole y divulgando su fama entre los vecinos del pueblo.
Y, claro, tantos milagros llegaron a oídos de los vecinos de Quintanilla de Abajo (hoy de Onesimo), los cuales han sido unos auténticos maestros sacando cantares a los de Olivares, y, sin perdida de tiempo, comenzaron a entonar las primeras coplas:

¡ Ay Felipe, Felipe, Felipe ¡
                                          como engañas a los infelices,
                                          con tus tretas y mañas
                                          hasta las mujeres también las engañas.

Pero, esto no es nada comparado con lo que estaba por llegar. Felipe, ya conocido como el “Niño Santo”, comenzó a correr la voz por el pueblo de que debajo del “Palacio” había un tesoro enterrado con mucho oro.


 Aquí hacemos un inciso para explicar que “EL Palacio” es un montículo de tierra adosado a las casas del pueblo por su parte Norte, en cuya cima existió –durante la Edad Media- un castillo amurallado. Según la crónica del rey Juan II de Castilla, en 1431, dicho castillo custodió el dinero de la guerra contra los moros. Al margen de otros acontecimientos, hemos de destacar que Ortega Rubio en su obra sobre los pueblos de Valladolid (1895) dice -erróneamente- que Olivares perteneció a Don Gaspar Pérez de Guzmán y Guzmán, conde-duque de Olivares. Por tanto, atribuye dicho castillo al Palacio de los Condes de Olivares, que, dicho sea de paso, se encuentra en el pueblo de Olivares, provincia de Sevilla.
 

No sabemos si nuestro particular curandero conocía dichos datos y se dejó influir por ello o, por el contrario, se valió de su arte adivinatorio. Lo cierto es que consiguió convencer a los agricultores ricos del pueblo para desenterrar dicho tesoro. Los labradores no lo dudaron ni un momento y, tratando de hacer las Américas, pusieron a todos sus obreros a picar en el sitio indicado por el “Niño Santo”, en la parte sur de la ladera frente a la plaza del pueblo.
 Aquello debió ser de película; me cuenta mi padre que su abuelo decía: “¡Bueno, yo como pongo mas obreros cuando salga el oro tocaré a mas!”. Parece ser que hicieron una especie de sociedad para repartirse el oro con arreglo a los obreros que cada uno aportaba.
Los pueblos colindantes quedaron atónitos y no salían de su asombro. Y, como era de esperar, los de Quintanilla no perdieron la ocasión y sacaron un nuevo cantar:

En Olivares de Duero
                                              estamos como queremos,
                                              tenemos al Niño Santo
                                              y en el Palacio mucho dinero.

Los obreros trabajaban a destajo y el oro no aparecía; el Niño Santo animaba sin cesar, pero, el señor Regino –según Luis Sanz- era mas practico y, por la noche, enterraba jarras, ollas y otros restos de cerámica para animar a los obreros cuando lo encontrasen. Y el truco surtió efecto, pues los obreros se animaban y alzaban sus picos al aire con brío renovado cada vez que aparecía una jarra o algo similar.
Pero los de Quintanilla no terminaban de creerse lo de los cacharros de cerámica y aprovecharon para entonar una nueva copla:

 

El señor Regino dice:
                                              Trabajar con afición
                                              para sacar el tesoro
                                              que hay detrás del murallón.

Los picos y las palas se introducían cada vez mas en las entrañas del “Palacio”; era tal el socavón que hicieron sobre el terreno que le llamaban “La Mina” y la desesperación llegó cuando apareció el agua y ni rastro del oro. Cavaron tanto que sacaron agua en la ladera del “Palacio”, que, ya, es decir.
Los de Quintanilla seguían con su particular folclore y no paraban de cantar:

¡Oh dichoso Niño Santo!
                                            cuando intentas de sacarlo,
                                            para bajar a Quintanilla
                                            a excavar el Pico el Cuadro.

O, esta otra versión:

¡Felipin el bailabotes!
                                              Cuando intentas de sacarlo,
                                              para bajar a Quintanilla
                                              a cavar el Pico el Cuadro.

Al final, como pueden ustedes imaginar, el Niño Santo puso pies en polvorosa y, de la noche a la mañana, desapareció del pueblo, pues ya se temía lo peor.
Los obreros regresaron cabizbajos a sus trabajos habituales. Dicho suceso no pasó desapercibido para el autor de un celebre romance geográfico del cual mencionamos el párrafo de los pueblos colindantes a Olivares:

…………………
Traspinedo, pelujones
                                              los que nunca gastan peine;
                                              en Sardón son pintureros;
                                              Quintanilla, comediantes.
                                              En Olivares, los tontos,
                                              Y en Valbuena, los tunantes;
                                             en Pesquera, el vino tinto;
                                             en Peñafiel, los gitanos,
                                             y en Padilla de Duero
                                             están los descabezados.
                                                   ……………………

La verdad es que el suceso escoció y mucho. Cuentan los mayores que en los años siguientes a los hechos relatados no se les podía mencionar –ni en bromas- a los que allí picaron. Y tampoco faltaron las anécdotas graciosas. Parece ser que, cierto día cuando cavaban, el Niño Santo dijo: -“Primero saldrá un dragón echando fuego por la boca que es el guardián del tesoro”; entonces, el señor Leoncio exclamo: “¡Hotia, como emara! ¿eh?”. La frase caló entre los vecinos hasta el punto de que cuando se cruzaban con él por la calle le decían –de guasa- ¡Leoncio, ema ema! Y él contestaba, con cara de pocos amigos, ¡Sí, ema ema!
Yo llegue a sentir el bochorno de este suceso allá por los años 60. Cada vez que visitaba con mi madre a mi hermano, que estudiaba en La Inmaculada, el portero del colegio, Sr. Virgilio, nos lo recordaba con una guasa que no veas. Recuerdo que decía: “ ¡Hombre, los de Olivares! Mira que dejarse engañar por el Niño Santo. ¿Qué creíais? ¿Qué estaba enterrada allí la gallina de los huevos de oro? Y, entre risas y guasas se lo contaba a todos que por allí pasaban.
Lo cierto es que los de Olivares quedaron muy tocados por el ridículo que habían hecho y necesitaban un milagro para remediar el bochornoso suceso.
¡Y, lo que son las cosas! El milagro llegó del cielo. Pocos años después, el 9 de febrero de 1923, aterrizó en Olivares un aeroplano con dos pilotos a bordo. Era un avión militar que desde León se dirigía a su base en Alcalá de Henares y debido al mal tiempo tuvo que hacer un aterrizaje forzoso. Dicho acontecimiento causó una gran expectación en la zona y todos los periódicos vallisoletanos se hicieron eco de la noticia. Tras unos días aparcado junto al Postigo, custodiado por la Guardia Civil, retomó su viaje de vuelta a su base de Alcalá. Se cuenta que cuando marchó vinieron de todos pueblos colindantes y que al levantar el vuelo lanzó por los aires las boinas de los hombres que miraban asombrados; después dio varias vueltas al pueblo, a modo de despedida, y desapareció en el horizonte.
Y, en esta ocasión, los de Olivares sacaron pecho y, a pleno pulmón, cantaron:

 

 

Y en Olivares también se vio
                                         un aeroplano aterrizar,
                                         y desde entonces los de Olivares
                                         bien se güasean de los demás.

¡Y, es que lo que no pase en Olivares! …