
Terminando ya con todo el arte que podemos encontrar en la iglesia de San Pelayo, cabe citar una primorosa talla de Cristo crucificado de Juan de Juni. Es una pieza de 0,97 m, realizada en madera de pino y peral, toda ella policromada. Los primeros historiadores del arte que la contemplaron a mediados del siglo XX ya se percataron de la importancia de la talla, situada en el lado del Evangelio.
Habría sido realizada en torno al año 1550, después de la rectificación que hizo el profesor Martín González, que la fechó en un primer momento hacia 1556, contemporánea al calvario de Ciudad Rodrigo. Con posterioridad, y viendo que la talla de Olivares poseía un mayor dramatismo, adelantó la fecha de datación a 1550. Esta talla estaba situada antes de su restauración en un retablo barroco del siglo XVIII, en cuyo pedestal puede leerse “este retablo se hizo de limosna y la pidió Juan Pastor y Agustina Toribio. Año 172?”.
Para comprender la obra de Juni hay que tener en cuenta que este genial artisata del Renacimiento español era considerado como el alma del pueblo de Castilla hecha imagen. Fue un escultor muy aceptado en Castilla, realizando una mayor cantidad de obras que Alonso Berruguete (hijo de Pedro Berruguete, pintor de transición del gótico al renacimiento). Nacido en Francia, Juni se caracteriza por un estilo aparentemente diverso al de Berruguete, si bien en ambos persiste el predominio del espíritu.
Tuvo unos amplios conocimientos sobre anatomía humana, lo que facilita que realice esculturas de cuerpos bien estudiados y proporcionados. Además, intenta impregnar a sus figuras de un heroísmo místico, de una grandiosidad elocuente, y para ello se sirve de unas formas hercúleas y monumentales.
En este caso Cristo ya está muerto, descansando en paz después de un suplicio inmenso, que ha quedado reflejado en su cuerpo. Este nos muestra una carne mórbida, extenuada de tanto sufrimiento.
La anatomía es poderosa, algo común en Juni como hemos dicho con anterioridad. El paño de pureza es amplio, y aún así permite que apreciemos con toda claridad los músculos tensos del cuerpo. Este paño se dispone de la forma habitual en Juni, formando una diagonal, tapando ampliamente una cadera y dejando al descubierto la otra. Esta tela adquiere unos plegados naturales, retorcidos y adaptados al cuerpo, con un extremo posterior que aparece en vuelo. Juni nos muestra así un cierto movimiento, que no es inestable como el de Berruguete sino contenido, con un cuerpo en quietud, frente al retorcimiento violento apreciado en el crucifijo del calvario.
Se aplica una cuidada policromía a pulimento, realzando la expresividad de la figura. Esta tiene elementos que Juni repetirá en otros crucifijos como es la corona entrelazada, la barba partida en dos – pegada al cuerpo por el sudor – etc. Un solo clavo sujeta los pies, reteniendo el cuerpo inerte y haciendo flexionar las rodillas.
Esta talla tuvo que trasladarse a los laboratorios para su restauración ya que se encontraba en unas condiciones muy lamentables, y es que, llegó un momento en el que por una adecuación a las nuevas circunstancias y a las demandas de culto, se serraron los brazos de este Cristo, a la altura de los hombros, para que pudiera protagonizar los pasos del Descendimiento y Entierro, insertándole un mecanismo para tal articulación. Esto hizo necesaria una nueva policromía, que dañó aún más la figura. La restauradora Pilar Pablo Casas ha conseguido que la obra recupere su estado original.
Cristo antes y después de su restauración
La pieza, después de su intervención, permaneció en custodia de la Diócesis de Valladolid hasta que, por petición del Ayuntamiento de Olivares, fue trasladada de nuevo a la iglesia de San Pelayo, donde permaneció cerca de la sacristía, hasta ubicarla en un lugar idóneo.
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